Llamamiento internacional contra los campos electromagnéticos ¿otro más?

Hace pocas semanas recibí por correo electrónico un mensaje de Arthur Firstenberg: una solicitud para firmar un nuevo llamamiento internacional para «detener el desarrollo de la telefonia 5G en la Tierra y en el Espacio» (International Appeal – STOP 5G on Earth and in Space). Otro más, pues desde mayo tenía pendiente suscribir este otro llamamiento internacional para la protección ante radiación no ionizante (International Appeal – Scientists call for Protection from Non-ionizing Electromagnetic Field Exposure). El primero promovido por el Cellular Phone Task Force cuyo fundador es el propio Firstenberg, quien no es científico pero sí autor de unos cuantos libros sobre los riesgos para la salud de los campos electromagnéticos, ya ha sido suscrito por, entre otros, Annie Sasco, Martin Pall o Alfonso Balmori. Este llamamiento alerta de los riesgos que el desarrollo de la 5ª generación de telefonía móvil (5G) y su desarrollo en el espacio, traerá para la salud humana. El otro llamamiento está promovido por EMF-scientist.org donde se pide proteger a mujeres embarazadas y niños, rebajar los límites de exposición, promover investigaciones independientes, reconocer la electrosensibilidad o establecer zonas blancas, ha sido suscrito por, entre otros, Michael Kundi, Magda Havas, Annie Sasco, Franz Adlkofer, Alfonso Balmori, Gómez-Perreta, Emilio Mayayo, Bardasano, Hardell, Johansson, Martin Blank, Martin Pall… pero, ¿son estos llamamientos algo nuevo? ¿nos suena alguno de esos nombres?

No, no son nuevos. Desde hace casi 20 años, se suceden estos llamamientos, resoluciones, declaraciones internacionales, etc. que alertan sobre los riesgos de la telefonía móvil para la salud humana. Aunque el origen del miedo a los móviles tiene fecha y hora, el 21 de enero de 1993 como bien recogió Luis Alfonso Gámez en esta excelente entrada en su blog Magonia, no me consta otro texto internacional con forma de manifiesto o resolución «científica» anterior a la Resolución de Salzburgo del año 2000 (no me hago responsable de las páginas que aquí enlazo ni de los efectos que su lectura pueda tener sobre tu persona). La telefonía móvil ya era imparable en todo el mundo, se abandonaban las bandas de frecuencia analógicas que empezaron a utilizarse en los 70 y las bandas digitales se imponían por todas partes (desde el 95). En españa, en el año 1998, el Gobierno resolvió el reparto de una nueva banda de frecuencia GSM (en su modalidad DCS de 1800 MHz) y concedió una nueva licencia a Retevision, que se unía a la todopoderosa Telefónica y al ya no tan pequeño Airtel (después Vodafone). Se desplegaba la segunda generación de telefonía móvil o 2G. En aquel año 2000, en junio, una serie de personas se reunieron en Austria y lanzaron la Resolución de Salzburgo en la que alertaba de los peligros de la exposición a campos electromagnéticos de radiofrecuencia provenientes de las estaciones base de telefonía móvil (las antenas para entendernos). Sólo hacían referencia a la tecnología GSM (que seguimos utilizando hoy en día) aunque el lanzamiento de una nueva generación, la 3G, era inminente. Sin alertar de los supuestos peligros que la exposición personal a estos campos tendría para toda la población del planeta y sin incluir ninguna cita científica que lo justificara, recomendaban unos niveles máximos de exposición de 0,1 µW/cm2. Poco antes, en 1998, la Comisión Internacional para la Protección ante la Radiación No Ionizante (ICNIRP) había fijado los niveles de seguridad en 1000 µW/cm2. Para ello, se había realizado una revisión de la evidencia científica disponible que permitía establecer los niveles a los que se producían efectos (no sólo térmicos sino de todo tipo y en diferentes circunstancias). Sobre esos niveles, se aplicó un factor de protección 50 de seguridad. Efectos sobre membrana celular, actividad neural, canales iónicos, efectos cognitivos y otros mmuchos se habían reproducido en animales o cultivos in vitro pero en condiciones muy alejadas de la exposición personal humana normal. Aun lejos de los niveles próximos a los que estamos expuestos por antenas y móviles, el único efecto reproducible, como digo a niveles muy superiores a esos de seguridad, era el efecto térmico. Estos niveles se han ido revisando en diversas ocasiones desde entonces; ya hablé de la última revisión que verá la luz pronto en esta entrada en el blog.

Aquella primera resolución de Salzburgo venía firmada por ya viejos conocidos de este blog como Cindy Sage (promotora del pseudoinforme Bioinitiative) o Michael Kundi a quien conocí en Eslovenia en el Congreso Internacional BIOEM2018 donde presentó su nueva idea de informe tipo Bioinitiative que ya antes de nacer comienza sesgado y con un elenco de promotores y firmantes de sobra conocido y, algunos, plenamente desautorizados científicamente.

La tecnología UMTS se lazó en el año 2000, aunque no empezaría su despliegue hasta 2002. En España supuso la llegada de un nuevo operador, Yoigo, por entonces Xfera, que no ofrecería sus servicios hasta el año 2006, retraso que afectó a otros operadores en toda Europa.

Poco después llegaría la Declaración de Friburgo (2002). Esta declaración, promovida por una IGUMED (Asociación Interdisciplinar de Medicina Ambiental) cuya web no tiene desperdicio, reunió a una serie de médicos, o así se presentaban ellos, entre los que destacan numerosos homeópatas, médicos holísticos y psicoterapeutas. En esta declaración se recogen, por primera vez hasta donde yo sé en un documento de este tipo, una serie de síntomas inespecíficos como dolor de cabeza, inquietud, insomnio, etc. que, atención que cito literalmente, apoyándose «en nuestra experiencia cotidiana consideramos que la tecnología de la telefonía móvil introducida en 1992 y que ya cubre casi todo el territorio, así como los teléfonos inalámbricos (DECT) que se pueden comprar desde 1995, son uno de los desencadenantes esenciales de este fatal desarrollo«. Sí, basándose en «su» experiencia cotidiana, no en estudios científicos descartaban una asociación casual sino que apuntaban sin dudar a una relación causal. Por todo ello, pedían cosas parecidas a Salzburgo: reducción de límites de exposición, permitir que la gente pudiera evitar la instalación de antenas, pero añadían dos nuevas exigencias: parar el desarrollo de nuevas tecnologías e investigaciones independientes de la industria de las telecomunicaciones.

En España no perdíamos comba y en 2002, se promueve la Declaración de Alcalá, versión nacional de la de Friburgo de la mano de Bardasano (sí, el catedrático asesor de DSalud que intentó patentar sus pegatinas antirradiación). De ella, el ínclito Ceferino Maestu dijo «algunos de los más de 30.000 estudios realizados sobre los campos electromagnéticos estiman que la exposición del ser humano a los mismos pueden provocar modificaciones en los embriones, trastornos neurológicos, como el insomnio, las cefaleas o, incluso, pueden potenciar el desarrollo de las células tumorales». 16 años después imagino que no son 30.000 estudios, así a bulto, sino 30.000.000 o, mejor, 30 gugoles (30·10100) puestos a exagerar. Por cierto que en Eslovenia me dijo que no tenía relación con Bardasano, será ahora, pues dirigieron alguna tesis juntos… Me centro que me despisto… En esta declaración se hacía un repaso a los posibles efectos sobre la salud, para lo que se presentaba una selección interesada de artículos científicos, algunos no tan científicos, en los que se descontextualizaban niveles o se omitían condiciones de laboratorio in vitro o in vivo o se extrapolaban resultados en condiciones de laboratorio y en animales a humanos. Vaya, lo mismo que denuncio en este comment a un artículo sobre los riesgos de la WiFi de Martin Pall.

En 2006 llega la Resolución de Benevento promovida por la Comisión Internacional para la Seguridad Electromagnética (ICEMS) una vez más conviene no perderse su web, que venía a ser una copia más alarmista de la Resolución de Friburgo de 2002. A las anteriores firmas, se unía un elenco ya conocido en el ámbito científico como Hardell, Blank, Havas, Johansson, etc. quienes ya entonces lo tenían claro: «de acuerdo con nuestra revisión científica, los efectos biológicos pueden ocurrir por exposiciones campos electromagnéticos de baja frecuencia y los campos electromagnéticos de radiofrecuencias y microondas. Los estudios epidemiológico así como los experimentos in vivo e in vitro demuestra que la exposición a ciertos campos electromagnéticos de baja frecuencia puede aumentar el riesgo del cáncer en niños e inducir otros problemas de salud en niños y adultos«. Sí, has leído bien. Un buen conjunto de «científicos» de acuerdo a «SU revisión científica» ya tenía claro que los campos electromagnéticos producían cáncer, algo, por cierto, que no se ha demostrado, si acaso, los estudios epidemiológicos, demuestran lo contrario. Ya otro día hablamos de cómo se debe hacer una revisión sistemática y no una revisión narrativa, sesgada e interesada.

Después vendrían otros textos como la Resolución de Venecia (2008) también promovida por ICEMS en el que dicen reconocer «el creciente problema de salud pública conocido como electrohipersensibilidad«. Y muchas más como la Resolución de Londres (2007) que basándose, atención, en la resolución de Benevento, la de Catania (que no he comentado), la de Salzburgo, etc. y en el primer pseudoinforme Bioinitiative de 2007, pedían a las autoridades inglesas y a ICNIRP, la reducción de los niveles de exposición máximos permitidos hasta los, atención, 0,0001 µW/cm2. ¿Evidencias que sustentaran dicho nivel? Estas: _________________. Seguimos para bingo, el Llamamiento de Bruselas (2007), la Declaración de París (2009) con Franz Adlkofer, Johanson o Hardell, la Declaración de Seletun (2009) con, entre otros, Cindy Sage, la Resolución de Copenhague (2010)… todas en la misma línea, firmadas por numerosos «científicos «entre los que siempre se encuentrará a alguno/a de los anteriormente citados.

En 2011 llegó la Resolución 1815 del Consejo de Europa (el enlace es de la Fundación para la Salud Geoambiental, hoy lo estoy dando todo en lo que se refiere a fuentes fiables de información) que no de la Comisión Europea o el Parlamento Europeo. Cuidado con esto porque la ambiguedad e incluso la equivocación entre ambas entidades suele ser frecuence. No en este vídeo de Mindala TV en el que se ve a Bardasano moderando la sesión y en el que se explica convenientemente por qué, entre otras cosas, el Consejo de Europa es más confiable que la Comisión Europea (sí, sí, fuentes fidedignas como Mindala TV, que hoy estoy que lo rompo).  No confundir con la resolución que adoptó el Parlamento Europeo en 2009. El Consejo de Europa, no es un organismo de la Unión Europea, adoptó dicha resolución pero, ¿cómo se elaboró y fundamentó científicamente? No se contó con ninguna de las dos sociedades científicas más relevantes del campo (BEMS y EBEA) que no la suscriben ni avalan por su parcialidad, sesgo e intereses. ¿Sabes en qué informe o revisión científica se basó esta resolución? ¡Pues en el informe Bioinitiative de 2007! Empiezo a aburrirme, en este circo siempre actúan los mismos y siempre llegamos al mismo sitio.

Sage y Carpenter promovieron el pseudo informe Bioinitiative del que ya hablé aquí largo y tendido que, en resumen, es una selección sesgada e interesada de trabajos en los que las evidencias in vivo se mezclan con las in vitro y donde se llegan a conclusiones de forma inadecuada al mezclar límites, valores de exposición, consecuencias… extrapolando resultados en modelos animales y en condiciones de laboratorio a humanos. ¿A todos les da por lo mismo? Es todo un despropósito acientífico. Y como ejemplo cumbre, la Declaración Científica Internacional de Madrid promovida por Bardasano de la que también hablé en este otro post.

En definitiva, este tipo de llamamientos y resoluciones no son nada nuevo, tienen un largo recorrido. El contenido o peticiones suelen ser similares como se ha puesto de manifiesto. L imagen superior ilustra el rechazo a la electricidad a principios del siglo XX (no recuerdo quién me la envió, por favor, si lees esto dímelo y te pongo por aquí, lo siento). Pocas diferencias hay entre el llamamiento de EMF-Scientist.org y la primera declaración de Salzburgo. Casi 20 años después, con la falta de evidencia de sus tesis, siguen insistiendo y promoviendo el miedo a los campos electromagnéticos: hipersensibilidad o cáncer. He de decir que el llamamiento «STOP 5G» me parece mucho más original, pues además alertan de la contaminación generada por el lanzamiento en cohetes de los satélites (no me esperaba esta preocupación con respecto a la contaminación atmosférica), aunque parece que tiene mucho menos fuelle que el primero a la vista del número de firmantes. Creo que es evidente la relación entre los diferentes manifiestos, declaraciones, llamamientos, resoluciones, etc. y sus autores. Su contenido ha ido variando poco o nada. Las alarmas sobre que moriremos todos se van renovando al ritmo de renovación de las nuevas generaciones de tecnología móvil, pero olvidan que aquellas de las cuales alertaban hace 20 años, siguen siendo utilizadas sin que ninguna de sus predicciones se haya cumplido.

Por todo esto, me surgen preguntas como ¿quién paga todo este despliegue a escala global? ¿qué intereses hay en seguir promoviendo este miedo electromagnético? La respuesta, como ya he citado en otras ocasiones, ya la dieron Gámez y Schwarz.

Termino. El pasado junio, en Segovia, se organizaron las I Jornadas científicas (que no falte) EQSDS “5G, Medioambiente y Salud” de las que ya hablé en esta entrada del blog. En ellas participó Ceferino Maestu, Alfonso Balmori, David O Carpenter, Magda Havas y Annie Sasco. Y me surge la última pregunta ¿quién pagó los viajes, el alojamiento, manutención de todos ellos? Sigo sin saberlo.