Asustar, engañar y vender: así funciona el negocio del miedo a las radiaciones

¿Te acuerdas de 2020? Estábamos encerrados en casa, las noticias hablaban de miles de contagios y fallecidos, los hospitales estaban desbordados y nadie sabía muy bien qué iba a pasar. Había miedo, incertidumbre y muchas preguntas sin respuesta. Pero, para eso, por supuesto, estaban las redes sociales y los grupos de WhatsApp o Telegram, donde siempre había alguien dispuesto a explicarnos lo que “no querían que supiéramos”.

Seguro que te suena alguna de estas historias.

Primero el peligro, después el miedo y, finalmente, venderte mierda.

Seguro que algún conocido te reenvió un vídeo asegurando que el coronavirus tenía algo que ver con las antenas 5G. Al principio te pareció una barbaridad (o no), pero resulta que quien hablaba se presentaba como médico, investigador o experto en radiaciones. Utilizaba palabras científicas, mostraba gráficos, mencionaba algunos estudios y aseguraba que las autoridades estaban ocultando información. Incluso afirmaba que las radiaciones debilitaban nuestro sistema inmunitario y nos hacían más vulnerables a las enfermedades como la COVID-19, cuando no que era consecuencia directa de la exposición a ellas. Incluso avalado por algún “estudio científico” (convenientemente desmentido por Maldita Ciencia).

Y claro, seguro que comenzaste a darle vueltas. Porque una cosa es que te lo cuente tu cuñado durante la cena de Navidad y otra que lo diga alguien que parece saber de lo que habla. Además, en aquel momento resultaba que estaban instalando antenas nuevas por todas partes. ¿Y si hay algo de verdad? ¿Y si realmente nos están engañando? Hoy sabemos que todo aquello era mentira, pero o bien aquellos bulos calaron y quedaron en el subconsciente colectivo o bien seguimos recibiendo mensajes de este tipo en cuanto hay un ascua al que acercar su sardina.

Y, por supuesto, estas historias rara vez vienen solas. En los mismos canales donde te hablan de los peligros del 5G también aparecen mensajes sobre las vacunas, la COVID-19, conspiraciones políticas, fumigaciones masivas, medicina alternativa, esoterismo y otras teorías de lo más variopintas. Todo mezclado, aunque unas explicaciones contradigan a las otras. Lo mismo te cuentan que las radiaciones alteran unas misteriosas “frecuencias naturales” que aseguran que el 5G forma parte de un sistema de vigilancia de la población que te venden un aparato de bioresonancia que usa esas mismas frecuencias para falsamente equilibrarte o curarte. La coherencia científica parece ser lo de menos. Lo importante es alimentar la sospecha de que nos ocultan algo. Y no es una impresión mía: como veremos, investigadores alemanes han comprobado que la desinformación sobre campos electromagnéticos forma parte de un ecosistema conspirativo mucho más amplio.

Y es inevitable. Aunque no estemos en esos grupos o canales, seguimos recibiendo mensajes falsos, desinformación, bulos. ¿Acaso no has oído que el WiFi puede alterar tu sueño, que las antenas de telefonía provocan cáncer o que algunas personas desarrollan una supuesta hipersensibilidad a los campos electromagnéticos? Seguro que te vienen a la mente testimonios, asociaciones de afectados, vídeos y nuevas advertencias que has visto en algún reel, vídeo de Tik Tok o directamente en algún canal de televisión. Todo parece encajar. Vuelves a sospechar de la antena que tienes enfrente de casa, del router que lleva años funcionando en el salón y hasta del móvil que tienes en la mano mientras lees todo esto.

Y, sin darte cuenta, cuando ya estás suficientemente preocupado, el algoritmo te ofrece la solución. Un dispositivo que supuestamente neutraliza las radiaciones, un colgante que te protege de los campos electromagnéticos, un material especial para apantallar tu vivienda o una consulta con alguien que promete ayudarte a identificar y combatir esas amenazas invisibles. Naturalmente, todo tiene un precio.

En www.radiandando.es llevo años denunciando precisamente eso: que el miedo a las radiaciones y la desinformación tienen un objetivo claro: generar dudas, miedo para que tengas la necesidad de comprar algo para sentirte seguro. No todo se explica por desconocimiento, creencias irracionales o desconfianza hacia las instituciones, también hay quien encuentra o crea una oportunidad comercial basada en alimentar una preocupación que no está respaldada por la evidencia científica.

Bulos y miedo para ganar dinero, lo dice la Ciencia

Pues bien, acaba de publicarse un estudio que analiza cómo funciona este fenómeno. Y sus resultados respaldan buena parte de lo que venimos contando. Tobias Eder y sus colaboradores han publicado en la revista científica Journal of Radiological Protection el trabajo Beyond the 5G-COVID moment: the scope of EMF mis- and disinformation on German-language social media.

Los investigadores analizaron más de 430.000 contenidos de YouTube, Telegram y Twitter/X para comprender cómo se construye y difunde la desinformación sobre los campos electromagnéticos y el 5G, qué estrategias utilizan quienes la promueven y qué papel desempeñan los intereses comerciales.

Y encontraron algo especialmente revelador: la desinformación sobre radiaciones no se mantiene únicamente por motivaciones ideológicas o conspirativas. También está sostenida por estructuras de incentivos económicos que se benefician de la incertidumbre y el miedo de la población. Es decir, la ciencia documenta no solo cómo se difunden estos mensajes, sino también por qué puede resultar rentable seguir difundiéndolos.

Y eso merece que lo analicemos con cierto detenimiento.

Más de 430.000 publicaciones para entender cómo funciona la desinformación

Para investigar este fenómeno, los autores analizaron contenidos en alemán publicados principalmente entre 2019 y 2024. Partieron de cuentas y canales relacionados con los campos electromagnéticos y fueron ampliando la búsqueda a otras cuentas conectadas, hasta reconstruir una parte importante de las redes que difundían estos mensajes.

El resultado fue una base de datos considerable: 22.710 vídeos de YouTube, 130.156 publicaciones de Twitter/X y 277.986 mensajes de Telegram, procedentes de más de 16.000 cuentas y canales.

Después identificaron posibles contenidos desinformativos, estudiaron el lenguaje empleado, clasificaron emociones y detectaron los principales temas de conversación. Complementaron estos resultados con un análisis cualitativo realizado por investigadores, que examinaron las estrategias comunicativas, las referencias a supuestos riesgos sanitarios, los argumentos conspirativos y la presencia de publicidad e intereses comerciales. Pero el interés principal del trabajo no estaba tanto en determinar cuántos mensajes falsos circulan, sino en comprender cómo se construyen, cómo se distribuyen y qué intereses contribuyen a mantenerlos.

Y ahí es donde empiezan las sorpresas.

La pseudociencia no necesita gritar: también sabe ponerse una bata

Podríamos imaginar que la desinformación sobre radiaciones consiste principalmente en mensajes alarmistas, llenos de mayúsculas, exclamaciones y amenazas apocalípticas. Pero no. Un porcentaje muy alto de los contenidos analizados, según la plataforma, presentaban un tono clasificado como neutro o de aprobación. Es decir, buena parte de los mensajes no transmitía emociones especialmente intensas de manera explícita. Sin embargo, cuando los investigadores examinaron su contenido, encontraron referencias recurrentes al miedo, a supuestos problemas de salud y a la desconfianza hacia las instituciones.

Estos mensajes consiguen transmitir miedo sin ser alarmistas. Para ello, ofrecen apariencia de profesionalidad, los autores se presentan como expertos, con títulos académicos, utilizan un lenguaje y expresiones científicas, titulares redactados como si se tratada de una noticia y usan, aunque sean falsas, referencias a instituciones para transmitir credibilidad y autoridad. Así, cualquier afirmación sin respaldo científico se puede presentar como una noticia rigurosa o una explicación técnica, aunque no incluya ninguna referencia científica, que es lo habitual.

YouTube, Telegram y Twitter/X: cada uno aporta algo al negocio

El trabajo también demuestra que las tres plataformas no funcionan como espacios aislados. Al contrario, forman un ecosistema interconectado en el que los contenidos circulan de unas a otras.

YouTube desempeña un papel importante en la producción de contenidos extensos. Los vídeos permiten desarrollar argumentos, presentar testimonios y construir narrativas que después se comparten mediante enlaces en otras redes. Los investigadores encontraron, además, que las descripciones de los vídeos se utilizaban intensivamente con fines publicitarios.

Twitter/X conecta estas narrativas con debates políticos más amplios. Los mensajes suelen adoptar la forma de titulares periodísticos o afirmaciones aparentemente objetivas, facilitando que contenidos especulativos circulen con apariencia informativa.

Telegram, por su parte, funciona como un espacio de comunidades más cerradas, donde predominan las narrativas conspirativas y esotéricas. Los investigadores encontraron muy poca discrepancia interna, algo compatible con el funcionamiento de las llamadas cámaras de eco: entornos donde los usuarios encuentran principalmente mensajes que refuerzan sus propias creencias.

Y no olvidemos algo que ya hemos comentado: la desinformación sobre radiaciones se mezcla con otros discursos conspirativos. Las cuentas con mayor alcance no son necesariamente especialistas en campos electromagnéticos, sino agregadores que difunden contenidos sobre numerosos asuntos. Por tanto, un bulo sobre el 5G puede conseguir visibilidad aprovechando redes que originalmente se organizaron alrededor de otros temas que, de alguna manera se realimentan y dan mayor credibilidad en vez de conseguir la respuesta contraria o crítica. Los investigadores observaron también que algunas publicaciones incorporaban etiquetas relacionadas con el 5G sin tratar realmente sobre campos electromagnéticos, conectando artificialmente asuntos diferentes.

El negocio del miedo: sigan al dinero

Y llegamos a la parte que más me interesa del estudio y que llevo años denunciando. Porque los autores no solo encontraron creencias conspirativas, discursos anticientíficos o desconfianza institucional. También identificaron una dimensión comercial recurrente en la desinformación sobre campos electromagnéticos. En las publicaciones analizadas aparecían anuncios y promociones de dispositivos de apantallamiento, productos personales que supuestamente protegen de las radiaciones, complementos relacionados con la salud y servicios como consultas esotéricas.

Hasta aquí podríamos pensar que se trata de publicidad que acompaña ocasionalmente a determinados contenidos. Pero los investigadores observaron algo más significativo. Para algunas de las cuentas estudiadas, la actividad comercial parecía constituir una parte central de su funcionamiento, y el miedo a los supuestos daños de los campos electromagnéticos servía como argumento para promocionar sus productos.

Es decir, la preocupación por las radiaciones no aparecía únicamente como una creencia que se pretendía compartir. También podía funcionar como un recurso comercial. Los investigadores identificaron esta dimensión en las tres plataformas, con mayor frecuencia en las muestras de YouTube, seguida de Twitter/X y Telegram.

Además, los intereses comerciales se encontraban entre las motivaciones codificadas con mayor frecuencia, incluso por delante de las llamadas a compartir o reenviar contenidos. Si una cuenta promociona productos destinados a protegernos de supuestos peligros de las radiaciones, la preocupación de sus seguidores forma parte del contexto que favorece esa actividad comercial.

Por supuesto, el estudio no demuestra que todos los promotores de estas ideas actúen deliberadamente para engañar, ni cuantifica las ventas, los beneficios económicos o la eficacia de los productos anunciados. Sería incorrecto afirmar que lo hace. Lo que sí documenta es la existencia de prácticas comerciales vinculadas sistemáticamente a estos mensajes y de cuentas en las que la promoción de productos parece ser un elemento central.

Por eso es importante no interpretar toda la desinformación como un simple problema de ignorancia o falta de conocimientos científicos. También hay que considerar los incentivos de quienes la producen y difunden y de sus verdaderas intenciones.

El 5G y la COVID-19 pasaron de moda, pero las redes siguen ahí

Otro resultado relevante es la evolución temporal de estas publicaciones. Los investigadores observaron un aumento muy importante de la actividad durante la pandemia, especialmente entre 2020 y 2022. En Telegram, por ejemplo, el volumen de mensajes de las redes estudiadas aumentó casi siete veces durante 2020 y alcanzó su máximo a comienzos de 2022. Posteriormente, la actividad disminuyó, aunque se mantuvo en niveles superiores a los registrados antes de la pandemia. Pero la conclusión importante no es simplemente que se publicaran menos mensajes.

Los autores señalan que las cuentas, los canales y las conexiones entre plataformas seguían presentes durante el periodo analizado. Por tanto, la infraestructura que permitió difundir masivamente la desinformación no había desaparecido. Eso significa que una nueva controversia sanitaria, el despliegue de otra tecnología inalámbrica o cualquier acontecimiento capaz de generar preocupación podría reactivar o mantener activas esas mismas redes.

Y no sería necesario empezar de cero: los canales de comunicación y las comunidades de seguidores ya estarían disponibles. La desinformación sobre radiaciones, por tanto, no parece limitarse a episodios aislados que desaparecen cuando dejamos de hablar de ellos. Se apoya en estructuras que pueden mantenerse y volver a utilizarse ante nuevas oportunidades.

¿Y ahora qué? La inteligencia artificial puede complicarlo todavía más

Los autores terminan planteando una cuestión que merece especial atención: el posible impacto de la inteligencia artificial generativa. El estudio no evalúa directamente este fenómeno, porque los datos analizados son anteriores a la generalización de estas herramientas. Sin embargo, advierten de que los modelos capaces de generar textos fluidos y aparentemente expertos pueden facilitar considerablemente la producción de contenidos desinformativos.

Y esto conecta directamente con uno de sus principales hallazgos: la desinformación sobre campos electromagnéticos no necesita utilizar mensajes estridentes para resultar convincente. Puede presentarse mediante textos aparentemente técnicos, elaborados y profesionales.

La inteligencia artificial podría facilitar precisamente la producción de ese tipo de contenidos, reduciendo el esfuerzo necesario para fabricarlos y distribuirlos. No sabemos todavía cuánto puede modificar este fenómeno. El trabajo no permite responder a esa pregunta. Pero sí proporciona una referencia empírica para estudiar su evolución.

Y ante todo esto, no basta con ofrecer información científicamente correcta. También es necesario comprender cómo funciona la desinformación, qué apariencia adopta, en qué redes circula y qué motivaciones contribuyen a mantenerla. Y si entre esas motivaciones existen intereses económicos, el problema no se resuelve explicando mejor la física de los campos electromagnéticos.

Conclusión: dinero sí, escrúpulos no.

El estudio de Eder y colaboradores aporta evidencias relevantes de que la desinformación sobre campos electromagnéticos circula dentro de redes conspirativas más amplias, utiliza estrategias que imitan la comunicación científica y está acompañada de actividades comerciales que contribuyen a su persistencia.Es un fenómeno más complejo que unos cuantos bulos difundidos por personas desinformadas.

Por eso, la próxima vez que alguien te advierta de los terribles peligros del 5G, de las antenas o del WiFi, no le preguntes por evidencias científicas sino por si no ve un conflicto de intereses de la persona que ha creado o difunde ese contenido. Mira a ver si, después de asustarte o desinformarte, te ofrecen un colgante, una pegatina o un aparato que promete protegerte de las radiaciones, quizá el problema más inmediato no esté en las ondas electromagnéticas, estará en tu cartera.