¿Cómo sería un colegio sin campos electromagnéticos?

Hace unos días leí esta noticia en la que se habla de la intención de un famoso futbolista de construir un colegio para su hija. Un colegio en donde los niños y las niñas estuvieran protegidos de los campos electromagnéticos. No voy a entrar en quién lo propone ni en sus motivaciones. Lo que realmente me llamó la atención fue la idea en sí. Porque, si uno lo piensa un momento, ¿cómo sería realmente un colegio sin campos electromagnéticos?

La idea parece sencilla. Basta con eliminar todo aquello que los produzca o evitar su entrada, ¿no?

Comencemos…

La primera fuente de campos electromagnéticos que podemos eliminar es toda la instalación eléctrica y todo lo que use electricidad para funcionar. Pues la corriente alterna que usamos en nuestras casas produce campos electromagnéticos de baja frecuencia (a 50 Hz). Así que nada de enchufes, bombillas, interruptores, cuadros eléctricos o cables, nada de cafeteras, máquinas de vending o microondas para calentar o cocinar la comida. Además, así “protegemos” a los niños y niñas de la luz visible (de 400 a 790 THz, sí, terahertzios, billones de Hertzios) proveniente de tubos fluorescentes, bombillas LED o cualquier fuente de luz artificial, ya que la luz que vemos con los ojos es, también, un campo electromagnético. En este caso lo detectamos gracias a esas dos antenas redondas que tenemos en la cara llamadas ojos. Habrá que adaptar el horario del colegio a las horas de Sol y, probablemente, suspender las clases los días nublados, pero eso da igual. Nuestros vástagos estarán protegidos.

De esta forma, también eliminamos los ordenadores, las tabletas, las pizarras digitales, los proyectores, el timbre del recreo (este se puede sustituir por una campana o un silbato), el WiFi, cualquier dispositivo Bluetooth como ratones, teclados o altavoces, etc. Eliminamos todas las herramientas tecnológicas que permiten el acceso a la información a través de Internet. No me vale que usemos la red cableada; hemos dicho sin campos electromagnéticos. En este caso matamos dos pájaros de un tiro: eliminamos esos campos de baja frecuencia y la posibilidad de que el alumnado pueda acceder a www.radiandando.es y descubrir que su colegio es una absurdez imposible además de innecesario.

También tendremos que suprimir los teléfonos fijos, los detectores de incendio o las puertas antincendios con cierre automático, el ascensor o el grupo de presión de agua si es que tenemos un edificio de varias plantas. Nada tampoco, por tanto, de luces de emergencia, sistemas de alimentación ininterrumpida ni nada parecido.

La calefacción y el aire acondicionado eléctricos también desaparecen ya que no tendremos dónde enchufarlos. Tampoco puede haber caldera de gas ya que necesita electricidad para mover el agua por los radiadores o funcionar, evidentemente nada de termostatos. Ya veremos más adelante si podemos sustituirlos por otras fuentes de calor o no. Lo que parece claro es que, en verano y en invierno, las condiciones de temperatura de las clases, afectarán el desarrollo de las sesiones, pero eso no debe preocuparnos, nuestros niños estarán protegidos.

Habrá que impedir, también, el acceso al recinto e inmediaciones de cualquier vehículo, no sólo eléctrico, sino también de combustión, y no sólo por las luces sino por todo el sistema eléctrico que necesitan para funcionar pasando por el mando inalámbrico de apertura.

Para seguir con nuestra cruzada proteccionista, habrá que prohibir que alguien entre con cualquier dispositivo que use baterías, ya no sólo teléfonos móviles, sino cualquier reloj, inteligente o digital de cuarzo de toda la vida, marcapasos, no podrá haber desfibriladores y ningún médico o equipo de emergencias podrá acceder al edificio, salvo que sólo accedan con un fonendo y poco más, nada de emisoras de radio o walkie talkies, ¡ni resonancias magnéticas o equipos de rayos X portátiles!

Algún lector avispado estará pensando que la solución consiste en sustituir toda la instalación por corriente continua. Buen intento, pero tampoco. La corriente continua también genera campos eléctricos y magnéticos. Es decir, no nos libra de los campos electromagnéticos; simplemente cambia su comportamiento. De hecho, casi todos los dispositivos que funcionan con baterías, desde un reloj digital o un coche eléctrico hasta un marcapasos, utilizan corriente continua.

Con esto, habremos eliminado parte de los campos electromagnéticos artificiales y “tremendamente peligrosos”, que puedan dañar a nuestro alumnado… no podrán prácticamente realizar ninguna actividad docente, pero nuestros niños y niñas estarán protegidos.

Parece que vamos por buen camino, hasta que alguien suba una persiana o abra una ventana

Porque, claro, por la ventana entrará la luz del Sol que necesitaremos para poder tener alguna iluminación en el interior, ¿no? Pero tenemos un problema, ya que la luz visible, como he indicado, también la del Sol, resulta tener un pequeño inconveniente: es radiación electromagnética. Es más, no sólo emite radiación visible; el Sol nos envía calor en forma de radiación infrarroja, pero también nos estarán llegando rayos de radiación mucho más energética como la radiación ultravioleta. No hablaremos nada de los rayos X y Gamma (que se absorben casi por completo en la atmósfera) ni del viento solar (partículas cargadas) que son desviadas por el campo magnético terrestre.

La luz visible, la radiación infrarroja y, especialmente, la ultravioleta son muchísimo más energéticas que las señales WiFi, por lo que si queremos proteger a nuestro alumnado, nuestro colegio debería abrir sólo por las noches y trabajar a la luz de las velas. Pues tampoco, una vela también emite radiación electromagnética. Mucha radiación infrarroja (el calor que desprende) y radiación visible (la luz que produce). De hecho, precisamente porque emite radiación electromagnética podemos verla y calentarnos con ella. Así que tampoco habrá velas.

No pasa nada. Cerramos las ventanas. Es más, eliminémoslas. Construiremos un colegio completamente sellado, sin una sola rendija por donde pueda colarse un fotón. Oscuridad absoluta. Ahora sí que lo hemos conseguido. O eso creemos.

Los niños y las niñas también emiten

Pues resulta que los propios niños emiten radiación electromagnética continuamente. También los profesores. También las mesas, las sillas y las paredes. Cualquier objeto cuya temperatura sea superior al cero absoluto emite radiación infrarroja. Es exactamente el principio físico que utilizan las cámaras térmicas para “ver” en la oscuridad. Así que seguimos teniendo un problema.

Pero la Física siempre ofrece soluciones… aunque a veces sean un poco incómodas. Si la radiación térmica aparece porque los cuerpos tienen temperatura, eliminemos la temperatura. Bajemos el colegio hasta el cero absoluto, esos -273,15 °C en los que prácticamente desaparece la radiación térmica. Obviamente hemos eliminado, también, la posibilidad de tener calefacción en invierno, pero seamos positivos no hará falta aire acondicionado en verano, estaremos bien fresquitos.

La buena noticia es que habremos reducido muchísimo los campos electromagnéticos. La mala es que también habremos reducido muchísimo el número de alumnos vivos.

Otro pequeño inconveniente

Parece que hemos eliminado toda fuente de radiación, pero, todavía nos queda un obstáculo bastante más serio: los propios átomos.

Cada electrón genera un campo eléctrico y cuando está en movimiento, también un campo magnético. Los enlaces químicos que mantienen unidas las moléculas existen gracias a la interacción electromagnética. Pero no sólo ocurre a escala atómica, las neuronas transmiten información mediante impulsos eléctricos. El corazón late gracias a señales eléctricas. Cada pensamiento, cada movimiento, cada recuerdo y cada respiración dependen de que exista el electromagnetismo. De hecho, toda la química de la vida depende de él.

Así que eliminar los campos electromagnéticos no significa únicamente apagar el WiFi. Significa apagar la materia tal y como la conocemos. Lo bueno es que los niños ya no usarán el móvil. Lo malo es que tampoco usarán átomos y los propios átomos que componen su cuerpo, tampoco deberían estar ahí. Ya no sólo por el simple hecho de estar, sino, que Becquerel nos asista, no vaya a ser que a alguno le de por desintegrarse y emitir radiactividad. Algo que pasa constantemente en nuestro cuerpo, porque somos radiactivos: algunos de nuestros átomos, como el potasio-40 o el carbono-14, que se desintegran continuamente.

Enterremos el colegio

Como hemos visto, toda la luz que llega desde nuestra estrella, la visible, la infrarroja y la ultravioleta, está formada por ondas electromagnéticas. Otra posibilidad si queremos un colegio completamente libre de ellas, sería enterrarlo bajo kilómetros de roca.

Pero tenemos malas noticias: eso tampoco servirá de mucho. La propia Tierra genera un campo magnético gracias al movimiento del hierro fundido de su núcleo. Es el que hace funcionar las brújulas y el que desvía buena parte del viento solar. Así que también habrá que eliminar el campo magnético terrestre. Reconozco que todavía no tengo claro cómo vamos a lograr que el núcleo del planeta pare, que deje de funcionar, pero seguro que alguien propondrá crear una comisión para estudiarlo. Además, la propia Tierra, sus rocas y elementos químicos que la componen, emiten radiactividad natural. Incluso si creamos un sarcófago de hormigón, éste emitirá radiactividad. Muy poca, pero es cierto que si el objetivo es eliminar absolutamente toda la radiación, tendremos otro problema capaz de acabar con la vida de nuestros niños y niñas.

No entraremos demasiado en que, por el mero hecho de estar donde estamos, en el universo, recibimos radiación cósmica. Pero a quién le importa esta radiación si no tenemos ni bombillas ni radiadores. Lo que está claro es que acabamos de descubrir que el Sol, la Tierra o nuestros cuerpos también incumplen la normativa del colegio.

¿Cómo van a aprender los alumnos?

En estas condiciones, dar clase o, simplemente, leer parece complicado, realmente imposible. La tinta de un libro refleja luz y esa luz llega hasta nuestros ojos. Nuestros ojos convierten esa radiación electromagnética en señales eléctricas que el cerebro interpreta como letras. Sin luz no hay lectura. Y sin campos electromagnéticos tampoco hay ojos capaces de verla. Aunque si tampoco hay bioelectromagnetismo, tampoco hay cerebro interpretando nada. Así que el problema de la comprensión lectora o la dislexia queda definitivamente resuelto.

También podríamos pensar que al menos los alumnos podrían hablar entre ellos. Después de todo, la voz no es una onda electromagnética, sino una onda mecánica. Pero hay un pequeño detalle. Para mover cualquier músculo, como indicamos antes, la lengua, la laringe y los músculos respiratorios, hacen falta impulsos eléctricos en los nervios. Y para entender lo que nos dicen, las neuronas del cerebro vuelven a comunicarse mediante… sí, otra vez… electricidad y campos electromagnéticos.

La verdadera motivación: la antenofobia y el miedo a los móviles

A estas alturas, espero que nadie esté preocupado por la radiación de los móviles o las WiFi que, seguramente, es lo que ha alimentado el miedo del futbolista y no el hecho de que su hija pueda recibir un balonazo en el patio. Este miedo irracional y basado en el desconocimiento obvia, como hemos visto, que vivimos rodeados o inmersos en un océano de campos electromagnéticos, no sólo artificiales sino, también, naturales. Imposibles de evitar y, en algunos casos, posibles precursores de enfermedades sumamente graves. Estos campos electromagnéticos naturales, en algunos casos, pueden llegar a ser extremadamente peligrosos como lo es salir al patio en un día de mayo o junio sin protección solar. Las señales de móviles o WiFi generan campos electromagnéticos de intensidad extremadamente baja, regulada y controlada y, a pesar de lo que se siga diciendo, no existe relación causal con efectos sobre la salud a los niveles habituales, incluso en un colegio o una guardería.

Pero a nosotros nos da igual, porque nuestro colegio enterrado o dentro de una coraza de hormigón armado, no debería recibir demasiadas radiaciones de radiofrecuencia por lo que no tendremos que sumarnos a la red de “Colegios sin WiFi” ni aceptar sus chaladuras. Con esta solución, habremos bloqueado, también, todas las señales de los servicios de emergencia, la radio y la televisión, también las señales de los satélites.

Una opción imposible

Al final resulta que el electromagnetismo aparece por todas partes. No sólo los terroríficos campos electromagnéticos artificiales que, como he indicado, emiten intensidades extremadamente bajas, sino por los naturales que, en muchos casos, pueden resultar peligrosos. Pero no deberías preocuparte demasiado ni proponer la construcción de un colegio libre de campos electromagnéticos, salvo que seas tan tonto que pienses que la radiación del Sol, incluso la ultravioleta es sanísima y que no necesitas protección alguna. Sí, la tecnología moderna nos ha inundado de campos electromagnéticos, pero antes lo hizo la Naturaleza. Los campos electromagnéticos son tan imprescindibles como la gravedad o la interacción nuclear fuerte. Sin electromagnetismo no habría luz, ni calor, ni química, ni átomos, ni moléculas, ni vida.

Por eso resulta imposible construir un colegio “sin campos electromagnéticos” y la simple propuesta debería llevarnos a un colegio en el que se enseñara que la Tierra es plana o que el cambio climático no existe. Es como proponer un colegio sin gravedad o una piscina sin agua. En definitiva, si algún día alguien consigue inaugurar un colegio completamente libre de campos electromagnéticos, no hará falta preocuparse por el WiFi. Será mucho más preocupante pues, para entonces, habrá desaparecido el universo.

Si realmente la preocupación fuera la salud de su hija, no habría planteado un colegio sin campos electromagnéticos, sino que debería trabajar por reducir la contaminación atmosférica, reducir el sedentarismo, llevar una dieta equilibrada rica en frutas y verduras, evitar el contacto con el alcohol o el tabaco y, sobre todo, enseñar espíritu crítico y el acceso a fuentes fiables de información porque, como ya sabemos, la desinformación y la pseudociencia, también matan.

Nota final: La imagen que ilustra esta entrada debería ser un recuadro negro… y tampoco…