¡Qué no! ¡Que el Día Mundial de la Contaminación Electromagnética no existe!

Otra vez ha llegado el día que no existe

Como cada año por estas fechas, medios de comunicación, páginas web, asociaciones ecologistas, grupos antiantenas y algún que otro perfil de redes sociales vuelven a recordarnos que el 24 de junio se celebra el supuesto “Día Mundial” o “Día Internacional de la Contaminación Electromagnética”. Y como cada año, toca recordar algo muy sencillo: no existe.

No existe ninguna declaración de Naciones Unidas. No existe ninguna resolución de la Organización Mundial de la Salud. No existe ningún reconocimiento por parte de organismo internacional alguno que haya declarado oficialmente semejante efeméride. Nada. Sin embargo, el supuesto día mundial reaparece año tras año como si se tratara de una conmemoración oficial comparable al Día Mundial de la Salud, el Día Mundial del Medio Ambiente o cualquier otra efeméride reconocida.

La primera pregunta es inevitable: si no existe, ¿de dónde sale?

Siguiendo el rastro del fantasma

La respuesta no lleva precisamente a Nueva York ni a Ginebra. Cuando uno rastrea el origen de este supuesto día internacional acaba encontrándose con organizaciones ecologistas y colectivos antiantenas que ya promovían la iniciativa en 2007. Entre ellas destaca Ecologistas en Acción, organización que lleva años difundiendo mensajes alarmistas y sin base científica sobre radiofrecuencias, telefonía móvil, WiFi y otras tecnologías inalámbricas. Y que tiene el dudoso honor de ser la primera referencia en España. Algunas fuentes sitúan el origen del invento en Benevento, en 2006, en el entorno de una autodenominada International Commission for Electromagnetic Safety (ICEMS) registrada en Italia en 2003 y sin actividad desde 2012. En alguna de las reuniones que tuvo el grupo aparecen reconocidos antiantenas como Aldkofer, Kundi, Blackman, Devra Davis o Martin Blank. En cualquier caso, no nace de Naciones Unidas, ni de la OMS, ni de una autoridad sanitaria internacional, sino del activismo antiantenas con cuestionables fundamentos científicos.

A partir de ahí comenzó un curioso proceso de repetición. Unos copiaban a otros, algunos medios reproducían las notas de prensa sin contrastarlas y, poco a poco, una iniciativa privada acabó adquiriendo una apariencia de oficialidad que nunca tuvo. Es un fenómeno fascinante. Si una mentira se repite suficientes veces, acaba pareciendo una verdad. Si una efeméride inventada se publica durante veinte años seguidos, termina pareciendo una efeméride real. Y en todos estos años, desde diferentes grupos se ha ido repitiendo y algunos medios de comunicación se han hecho eco sin preguntarse si lo que publicaban tenía algún fundamento.

Pero sigue siendo inventada.

El problema no es el activismo

Conviene aclarar algo. Cualquier asociación tiene derecho a promover las campañas que considere oportunas. Puede organizar jornadas, crear manifiestos o incluso inventarse días temáticos para llamar la atención sobre una causa. El problema no es ese. El problema aparece cuando medios de comunicación e instituciones reproducen estos mensajes sin realizar la más mínima comprobación sobre su origen o sobre la evidencia científica disponible. Y aquí es donde empieza el verdadero espectáculo.

El ridículo, una y otra vez, que hacen organizaciones como Ecologistas en Acción en su empeño por alarmar y desacreditar el conocimiento científico no hace más que restar credibilidad y fuerza a otras campañas necesarias y fundamentadas, para proteger nuestro medio ambiente.

El miedo siempre encuentra mercado

Hay otro aspecto curioso en toda esta historia. Muchas de las organizaciones que llevan años alertando sobre los supuestos peligros ocultos de las radiofrecuencias conviven en un ecosistema donde proliferan empresas que venden productos destinados a protegernos de esas mismas radiaciones.

Pegatinas para el móvil. Colgantes protectores. Fundas milagrosas. Neutralizadores energéticos. Dispositivos cuánticos de eficacia tan misteriosa como inexistente. Primero se genera preocupación. Después se ofrece la solución. No es una estrategia especialmente innovadora, pero sigue funcionando razonablemente bien. Porque el miedo vende mucho más que la tranquilidad.

Y quizá ahí reside uno de los aspectos más perversos de esta historia. La mera existencia de un supuesto “Día Internacional contra la Contaminación Electromagnética” transmite implícitamente la idea de que nos encontramos ante un problema de salud pública reconocido y suficientemente importante como para merecer una jornada mundial de concienciación. Al fin y al cabo, los días internacionales suelen asociarse a enfermedades, riesgos ambientales, problemas sociales o desafíos globales que requieren atención colectiva. Cuando alguien escucha que existe un día dedicado a la contaminación electromagnética, es fácil que concluya que debe tratarse de un peligro real, comparable a otros riesgos ampliamente aceptados por la comunidad científica. Esa es precisamente la fuerza de las efemérides: no sólo informan, también legitiman. Por eso resulta tan problemático atribuir apariencia de oficialidad a una celebración que no ha sido reconocida por ningún organismo internacional relevante, aprovechan esa inherente legitimidad para desinformar, alertar y promover el miedo.

Es por esto que debo hacer un llamamiento a los medios de comunicación para que no promuevan ni den publicidad a un falso día internacional que lo que hace es promover el desconocimiento y la pseudociencia.

Mientras tanto, la ciencia sigue trabajando

Lo verdaderamente llamativo es que toda esta maquinaria de alarmismo convive con una realidad bastante menos espectacular. Durante los últimos años, la Organización Mundial de la Salud ha impulsado un ambicioso programa de revisiones sistemáticas para evaluar los posibles efectos sobre la salud de la exposición a campos electromagnéticos de radiofrecuencia. Se han revisado cuestiones relacionadas con el cáncer, la reproducción, la cognición, los síntomas autopercibidos y la denominada hipersensibilidad electromagnética (EHS) o síndrome idiopático ambiental, entre otros aspectos.

La conclusión general continúa siendo coherente con las evaluaciones realizadas durante décadas por organismos científicos y agencias de protección radiológica de todo el mundo: no existe evidencia consistente que demuestre efectos adversos para la salud derivados de exposiciones por debajo de los límites internacionales actualmente establecidos. Y, por tanto, no podemos hablar de contaminación electromagnética a los niveles habituales que se han demostrado, en las últimas tres décadas, seguros.

Gracias a las radiaciones

Existe además una paradoja bastante divertida. Las mismas radiofrecuencias que algunos presentan cada año como una amenaza invisible son las que permiten que esta entrada llegue a tu pantalla.

Gracias a ellas funcionan los teléfonos móviles, las redes WiFi, la radio, la televisión, los sistemas de navegación GPS, las comunicaciones de emergencia, la telemedicina, buena parte de la investigación científica moderna y una fracción considerable de la infraestructura tecnológica sobre la que se sostiene nuestra sociedad.

Probablemente muchos de los mensajes alarmistas difundidos durante este supuesto día internacional serán compartidos precisamente utilizando las tecnologías que critican.

No es la primera vez

Los lectores habituales de Radiandando quizá recuerden otra efeméride igualmente peculiar que comentamos hace años: el llamado «Día Mundial sin WiFi». Entonces ya analizamos cómo determinadas campañas intentaban presentar las comunicaciones inalámbricas como un problema de salud pública sin que existiera evidencia científica que justificara semejante preocupación.

Han pasado los años, han aparecido nuevas tecnologías, se han publicado cientos de estudios y múltiples revisiones sistemáticas, pero algunas campañas continúan utilizando exactamente las mismas estrategias de hace dos décadas. Estrategias basadas en la mentira, el alarmismo y el miedo. Estrategias con un objetivo, vender cachivaches innecesarios y, generalmente, absolutamente inútiles.

Quizá lo más interesante de todo esto no sea que exista un grupo de personas convencidas de que las radiofrecuencias representan una amenaza para la humanidad. Lo verdaderamente interesante es comprobar cómo una efeméride inventada en círculos activistas ha conseguido infiltrarse durante años en medios de comunicación, páginas institucionales e incluso universidades sin que casi nadie se haya detenido a verificar algo tan básico como su existencia oficial.

Tal vez deberíamos instaurar el Día Internacional de la Comprobación de Efemérides Inventadas.