¿Cuánta radiación recibimos del 5G?

Seguro que alguna vez te has preguntado: “Vale, han puesto antenas 5G por todas partes, pero… ¿cuánto me llega realmente a mí? ¿Es seguro?”

La respuesta lógica sería: “midiendo”. Pero aquí viene la trampa: medir este tipo de radiación no es tan fácil. Si bien con generaciones anteriores era más o menos sencillo, con la 5G la cosa ha cambiado.

A lo largo de las diferentes generaciones de telefonía móvil (3G, 4G y ahora 5G) no solo ha cambiado la velocidad de conexión o la capacidad de las redes, también ha cambiado cómo estamos expuestos a la radiación de radiofrecuencia. Con 3G y 4G la exposición era relativamente más uniforme y provenía de antenas que emitían de forma más o menos omnidireccional, “bañando” grandes áreas con un nivel de señal más o menos estable.

En 5G, sin embargo, la situación cambia: se utilizan frecuencias más altas y sobre todo técnicas como el beamforming, que concentran la señal en haces dirigidos hacia los dispositivos que están conectados en ese momento. Esto significa que la exposición no es tan homogénea como antes: en general, esperamos que los niveles medios en el entorno sean similares o incluso menores, pero pueden aparecer picos localizados y variables cuando un terminal está transmitiendo o recibiendo muchos datos. Y por eso es importante medir y, sobre todo, medir bien.

Tenemos un problema y, para eso, la ciencia es la mejor manera de resolverlo. Pensemos en que la cantidad de radiación que recibimos cambia constantemente según dónde estemos, si hay edificios, si usamos el móvil o no, si estamos descargando datos, si hay mucha gente conectada a la vez… Vamos, que no es lo mismo estar en un parque que en medio de un pasillo lleno de estudiantes viendo vídeos en streaming.

Con este reto en mente acabamos de publicar, junto con compañeros de la Universitat Politècnica de València, un trabajo en la revista científica Bioelectromagnetics (de la Sociedad Internacional de Bioelectromagnetismo, BIOEM). Y lo que hemos hecho ha sido diseñar una manera doble de saber cuánta radiación 5G llega a las personas:

  1. Medir directamente con un exposímetro personal (el MVG Spy Evo), que nos dice lo que recibiría un usuario real.
  2. Calcular el máximo teórico posible con un escáner avanzado (R&S TSME6), capaz de desmenuzar la señal en antenas, celdas y haces para ver cuál sería el “peor escenario” de exposición.

Para asegurarnos de que el 5G estaba trabajando a tope, llevábamos un móvil descargando vídeos 4K sin parar, obligándole a estar conectado siempre a esa red. Y después, con los datos recogidos en 16 puntos diferentes del campus de la UPV en varios momentos diferentes, aplicamos técnicas de geolocalización (GIS y Kriging) para generar mapas continuos de exposición.

¿Qué encontramos?

Lo interesante es que, incluso en condiciones extremas de uso, los niveles están muy por debajo de los límites de seguridad establecidos por la Comisión Internacional de Protección frente a Radiaciones No Ionizantes (ICNIRP).

Además, las medidas reales y los cálculos teóricos encajan muy bien. Eso significa que este método es sólido y sirve para evaluar la seguridad de las infraestructuras 5G en nuestras ciudades.

¿Y para qué sirve todo esto?

Aquí es donde quiero que pares un segundo y lo pienses conmigo:

  • Con estas herramientas podemos monitorizar en tiempo real la exposición en diferentes zonas.
  • Podemos predecir la exposición máxima posible, incluso aunque no haya nadie usando el móvil en ese momento.
  • Y lo más importante: si incluso los máximos teóricos son seguros, podemos lanzar un mensaje claro de tranquilidad a la sociedad.

Porque, seamos sinceros, alrededor del 5G (y en general de cualquier tecnología nueva) hay ruido, dudas, incluso bulos y teorías conspirativas. Tener datos claros, mapas visuales y resultados contrastados ayuda a desmontar ese ruido y a tomar decisiones basadas en evidencias.

En resumen, el 5G no aumenta la radiación de manera global, sino que cambia el patrón espacial y temporal de la exposición, haciéndola más direccional y dinámica.

Este estudio no es un punto final, sino un paso más. Nos abre la puerta a seguir explorando cómo medir y explicar el mundo invisible de las radiaciones electromagnéticas de radiofrecuencia. Un mundo que, aunque no lo veamos, forma parte de nuestra vida diaria y está detrás de cada mensaje, cada vídeo, cada llamada.

Puedes consultar el artículo en: https://onlinelibrary.wiley.com/doi/10.1002/bem.70020